¿Qué es y
para qué sirve la ansiedad?
Debe quedar claro que
la
ansiedad es
un sistema de alerta que todos tenemos como mecanismo de defensa ante
situaciones peligrosas (o presuntamente peligrosas).
Su misión es
poner en marcha
(activar) fisiológicamente el organismo para enfrentarnos al
peligro o para salir huyendo. Otra posible respuesta (menos frecuente,
pero también archivada en nuestros genes) es la
“paralización”, reflejo de quedarse muy
quieto para
pasar desapercibido; como el conejo ante el azor.
Es tan sólo
una alarma. Una
alarma que en algunas personas es muy sensible y sobre todo muy
estridente (suena demasiado fuerte y es desagradable).
Pero ¡ojo!, el
peligro no
está en el “timbre de la alarma”, sino
en
el exterior o
en nuestra mente (pensamiento perturbador).
Imagina que suena la
alarma en un
cuartel de bomberos; y todo un equipo de superfuncionarios se pone en
marcha y alrededor del timbre de alarma intentando apagarlo o
desconectarlo; descuidando así el posible fuego realmente
causante de la alarma. Todo un derroche, en balde, de
energía y
tiempo para tan valeroso cuerpo.
De pronto un bombero
descubre que
dándole un hachazo (pastillazo) al timbre cesa su sonido.
¡Qué maravilla! ¡Qué
tranquilidad!
- Desde ahora
llevaré el hacha conmigo y, cuando suene la alarma,
¡zas! (dependencia al hacha-pastilla).
- Oye, ¿Y qué pasa con el fuego?
- ¿Qué fuego? Ah, no sé;
a
mí lo que me molesta es la alarma.
Evidentemente se ha
perdido el norte
en ese cuartel. Cuando lo lógico y eficaz sería
comprobar
si hay fuego real... o simplemente huele a humo y creo que debe haber
fuego.
No debemos, pues,
confundir la alarma
con el motivo de la alarma. Y los síntomas que sentimos en
la
ansiedad no son más que el ruido de la alarma, pero no el
motivo
de la misma.
¿Es normal tener
ansiedad?
Somos un organismo
vivo
y, por lo tanto, todo es orgánico y en continuo movimiento.
No podemos separar
mente
y cuerpo (lo
psicológico y lo biológico). Debemos considerar
al ser
humano como una entidad bio-psico-social-espiritual, donde todo
está interrelacionado.
En el sistema nervioso
hay una serie
de centros y circuitos responsables de la ansiedad; pero continuamente
se están remodelando y adaptando.
Hay gente más
sensible y otra
más “perezosa” en la respuesta. La
química
farmacológica corrige bastante, pero sólo
mientras
actúa. El entrenamiento en afrontar, canalizar y perderle
miedo
a la ansiedad puede conseguir el mismo efecto a largo plazo.
La función
robustece el
órgano. Lo mismo que el ejercicio fortalece un
músculo,
también el cerebro y sus conexiones pueden fortalecerse.
El inconveniente con
la
ansiedad es
que se trata de una “emoción normal” y
necesaria;
sólo hay que graduarla, pero no se puede (no se debe)
eliminar.
La investigación farmacológica moderna
también va
en esa dirección de especificidad en la acción
sin
pasarse.
El mayor problema que
la
ansiedad
provoca en el “ansioso” viene producido
precisamente por el
MIEDO desarrollado hacia la misma.
Generalmente, estamos
mal educados
(yo diría deseducados) sobre la ansiedad. La tememos
“más que a un nublado”; cuando es algo
inherente al
ser humano, al ser vivo en general.
Sin ansiedad
seríamos vegetales, seres en coma, sin
“ansia”, ni por lo bueno ni por lo malo.
Mi primera consulta
con
un ansioso es
básicamente psicoeducativa sobre la ansiedad (entendimiento
de
la ansiedad) y os puedo asegurar que hace más efecto que la
más redonda de las pastillas.
Cuando expuse
anteriormente que la
ansiedad es una emoción normal, me baso en que es un
mecanismo
natural de adaptación del organismo ante la emergencia o el
peligro, sea real o imaginario.
Lo anormal
sería su intensidad desproporcionada (exagerada o
inoportuna), pero no su manifestación en sí.
El dolor es un
indicativo de
daño u órgano enfermo (síntoma
patológico);
pero la ansiedad es indicativo de alerta, no de enfermedad
(síntoma normal). La distorsión
estaría en la
alarma mal elaborada (origen) y mal interpretada (miedo), pero no en su
manifestación (emoción ansiosa).
Si la fractura de un
hueso nos
produce dolor, habrá que centrar la atención
médica en la fractura (causa) y no tanto en el dolor
(consecuencia normal).
Otra cosa es valorar
que
la ansiedad
sea desagradable y, en este sentido, según como se vivencie.
Los
parques de atracciones, el cine de terror y los deportes de riesgo
traen consigo una gran carga de ansiedad; y, sin embargo, hay gente que
lo busca, incluso paga por ello y obtiene su “punto de
placer”. La diferencia está en que, en estos
casos,
está relativamente controlada: lo hago si quiero y lo dejo
cuando me dé la gana. Cosa que no ocurre con el
súbito
“ataque de pánico”.
La ansiedad es como
una
alarma sonora
que se dispara ante un incendio. No debemos centrar la
atención
en la alarma, por muy estridente que sea su sonido, sino en el fuego
que la causa, que es lo peligroso.
El problema en la
ansiedad y, sobre
todo, en los ataques de pánico, es que el afectado se asusta
de
los
síntomas que nota, entrando en la espiral del
“miedo a los
síntomas del miedo” (miedo a la alarma, no al
fuego);
situación que se retroalimenta sin medida ni control.
¿Cómo es una
respuesta ansiosa?
Generalmente, la
respuesta de ansiedad tiene tres componentes:
- Respuesta
cognitiva... ¿Qué pasa?
- Respuesta emocional... ¿Qué siento?
- Respuesta conductual (motora)...
¿Qué hago?
Son
automáticas y programadas en el organismo como defensa ante
el peligro.
El problema surge
cuando
nos
centramos en el “Qué siento” en lugar
del
“Qué pasa”; con lo que estamos
condicionando el
“Qué hago” en un rumbo equivocado.
Si nos enfrentamos a
un
peligro real,
no hay incertidumbre; su presencia es evidente y no hay duda de
“Qué pasa”; lo que hago es enfrentarme
al peligro o
salir huyendo.
Si el peligro es
imaginario, irreal o
inconsciente, no tenemos tan claro el “Qué
pasa”, no
lo vemos palpable ante nosotros, y nos centramos en el
“Qué siento” como supuesta causa.
¡Craso
error! Lo que hago es salir corriendo, pero hacia las Urgencias
Médicas. Obviamente, como el “Qué
siento” no
es la causa, sino una consecuencia, nos perdemos por los pasillos de la
incertidumbre (y de los hospitales).
Imaginemos una
interpretación catastrofista de un simple catarro:
- “¡Qué horror!
¡Se me está fundiendo el cerebro y sale por mis
narices en
forma de una sustancia repugnante y viscosa!”
- No señor, lo que sale por sus narices se llama
moco, tiene
una
función limpiadora de las vías respiratorias
altas y se
debe al catarro que ha pillado.
Pido perdón
por el tono
sarcástico de mis comentarios. Por nada del mundo pretendo
reírme de algo tan fastidioso como la ansiedad y respeto
profundamente a todo el que la siente y sufre por ello. Pero lo que
también es cierto es que la ironía suaviza la
tragedia y
distiende la angustia.
Una
interpretación
catastrofista de los síntomas de ansiedad genera
más
alarma y, por tanto, más ansiedad.
¿Es lo mismo angustia
que ansiedad?
En muchos idiomas no
se
hace
distinción entre angustia y ansiedad,
considerándolos
términos sinónimos.
Yo, particularmente,
considero que la lengua española es suficientemente rica
como para hacer matices distintivos.
Utilizo el
término ansiedad
para aquella en la que predominan los síntomas de inquietud,
desazón, desasosiego, etc. y la actitud es más de
escape,
huída o agitación psicomotriz.
En cambio, utilizo el
de
angustia (de
angostura = estrechamiento) cuando predominan los síntomas
de
constricción, opresión, ahogo, nudo en el
estómago, contractura muscular, etc. y la actitud es
más
de paralización, estupor y sobrecogimiento.
Considero que ambas
respuestas son vestigios del instinto de conservación de
nuestros ancestros, los animalitos.
En el mundo salvaje,
hay
animales que
al ser amenazados responden con lo que se llama “tempestad de
movimientos” (saltan, gritan, corretean en
círculos, etc.)
con el fin de espantar y asustar al atacante. Otros, en cambio,
reaccionan quedándose muy quietos para no ser vistos o
haciéndose el muerto (como el conejo cuando el azor planea
sobre
él; de ahí el término
“azorado”).La
primera respuesta sería más parecida a la
ansiedad; la
segunda, a la angustia.
¿Cuáles son
las sensaciones más frecuentes relacionadas con la ansiedad?
Hago un listado de las
sensaciones más frecuentes
relacionadas con la ansiedad:
- Taquicardia y
palpitaciones.
- Falta de aire y opresión en el pecho.
- Jadeo e hiperventilación.
- Mareo e inestabilidad postural.
- Sudor, sofoco, calor y escalofríos.
- Palidez, manos y pies fríos.
- Erizamiento del vello y cabello.
- Tensión muscular (espalda, cuello, brazos).
- Visión borrosa y destellos.
- Temblor,
pinchazos y hormigueos.
- Sequedad de boca y “nudo” en la
garganta.
- Necesidad de orinar.
- Estómago “encogido”,
náuseas y vómito.
- Dolor intestinal, meteorismo (gases) y diarrea.
- Bloqueo de la respuesta sexual.
- Etc. etc. etc.
Todas ellas (para nada
peligrosas,
aunque sí engorrosas) tienen una finalidad en la ansiedad:
activar en algunas funciones y ahorrar en otras cuando hay una
situación de alarma, de peligro.
Son vestigios de
nuestro
instinto de
origen animal en la lucha por la supervivencia; que están
ahí archivados en el llamado “cerebro
reptiliano”,
la parte más antigua de nuestro desarrollo y muy por debajo
de
la corteza cerebral; por eso escapan al raciocinio.
En su momento
(época
prehistórica, Cro-Magnon, Neanderthal, etc.)
tenían una
función esencial en la lucha por la vida. Ahora han perdido
bastante el sentido, pero siguen ahí; como los programas
antiguos que guardamos en el ordenador, están obsoletos y
causan
más incordio que otra cosa... hasta que se formatea el disco
y
se programan nuevos.
La ansiedad es un
mecanismo de adaptación y supervivencia, NO de
autodestrucción; eso va contra la Naturaleza.
¿Son peligrosos los
síntomas físicos de la ansiedad?
No somos maquinarias
perfectas y, a
veces, hay pequeños achaques y cambios en nuestra
fisiología. Con los años, cada vez son
más y hay
que irlos aceptando sin miedo.
Las enfermedades
graves
no consisten en un simple mareo, una pequeña
náusea o un dolor fugaz.
La ansiedad es muy
molesta en su
manifestación física, porque alborota muchas
áreas
del organismo y nos hace pensar en la enfermedad orgánica
sin
que la haya.
Pero lo cierto es que
absolutamente
todos los síntomas físicos de la ansiedad tienen
su
explicación lógica y fisiológica
(fruto de la
activación del sistema nervioso). Y ninguno de ellos es
peligroso, salvo para personas ya muy enfermas o delicadas de salud por
otras causas.
Por ejemplo: una
persona
que haya
sufrido un infarto, no es aconsejable que alcance altos niveles de
ansiedad. Pero la ansiedad NO provoca un infarto a un
corazón
sano. Si fuera así, el 90 % de la población
estaría en el hospital o en la tumba.
Así que...
nada de asustarse con las somatizaciones.
A menudo tengo crisis
de ansiedad y
lo paso fatal, ¿qué me aconseja?
Consejos ante las
crisis
de ansiedad:
- La crisis de ansiedad
es una reacción normal, aunque desproporcionada e
inoportuna.
- No tiene que ver con
la salud física. Le puede dar a cualquier persona, sea sana
o enferma.
- Se trata de un
proceso
fisiológico donde el sistema nervioso se pone en marcha, se
activa y carga de energía. Como cuando encendemos el motor
de un
coche: suena fuerte y acelera sus revoluciones. Se prepara para correr.
- Es un mecanismo de
defensa que se
activa con la alarma y el miedo. Y su misión es preparar el
organismo para enfrentarnos a un peligro o salir huyendo.
- Ese peligro puede ser
real o simplemente imaginado, como pensar: “Me estoy
muriendo”.
- Los
límites de esa
activación los pone la capacidad del propio organismo y no
va
más allá de lo tolerable por el mismo. El cuerpo
no se
mata a sí mismo.
- Notará que
irá
subiendo hasta alcanzar un determinado nivel (el suyo) y luego, si no
se asusta, volverá a bajar por sí solo.
- No encierra, pues,
ningún peligro físico para la salud en un
organismo más o menos sano.
- La ansiedad
podrá ser
desagradable, pero no peligrosa. Y será más
desagradable
y duradera cuanto más se asuste de ella.
- Y si se asusta,
tampoco pasa nada más grave. Simplemente, durará
un poco más de tiempo.
- Cuando ocurra una
crisis de
ansiedad, concéntrese en lo que está sintiendo;
eso es
todo lo que podría suceder. Son sólo
“ruidos”, no hay
“averías” en su cuerpo.
- La ansiedad NO es la
antesala de
algo terrible que sucederá a su organismo. Si cree y piensa
que
es aniquiladora y peligrosa, se asustará aún
más y
tardará más en desaparecer.
- No luche por hacerla
desaparecer;
pasará por sí sola en poco tiempo si le pierde el
miedo.
Recuerde que es una respuesta ante la alarma; entonces, no debe
alarmarse.
- Es imposible dejar
de sentir la
ansiedad cuando está activada. Entonces,
siéntala, pero
no se asuste de lo que sienta, no es peligrosa aunque lo parezca.
- Una vez pasada,
trate de reanudar lo que estaba haciendo. No paralice su vida ni evite
lo que pensaba hacer.
- La ansiedad
podrá volver a
aparecer; pero, como la irá conociendo, cada vez le
asustará menos y será más
pequeña.
Creo que tener
ansiedad es lo peor
que me podría pasar; me impide hacer lo que quiero.
“Lo peor que
me podría
pasar”. ¿Te has parado a pensar en circunstancias
o
enfermedades mucho más terribles que pueden ocurrir?
Si gradúas tu
problema
(ansiedad) como lo peor, te vas a sentir desesperado en su grado
máximo. Trata de ajustar tus calificaciones con
más
objetividad y tu disposición emocional tenderá a
irse
ajustando, también, en la misma proporción.
En determinados
momentos
de ansiedad
te puedes sentir bloqueado y asustado para hacer algunas cosas; pero no
por eso debes renunciar a ellas. Plantéate hacerlas
“con
cierta torpeza” (no te va la vida en ello), ya se
mejorará
la destreza.
No es aconsejable huir
de las
situaciones como causantes de la ansiedad. Si vas renunciando a todo
aquello que te perturba, luego te sentirás frustrado y cada
vez
más inseguro.
Confía en que
tienes una
capacidad de adaptación (todos la tenemos) y lo que al
principio
nos asusta, con la costumbre y el afrontamiento se acaba por dominar.
¿Por qué
cuando estoy ansioso me dan esas malditas taquicardias?
¿Y por
qué malditas
taquicardias? Benditas, diría yo. Son señal de
que el
corazón está en forma (no en-fermo) y capacitado
para
funcionar a pleno rendimiento.
Un corazón
enfermo no tiene
fuerzas ni para las taquicardias. Por eso, los enfermos de
corazón se cansan cuando hacen esfuerzos y deben pararse al
subir cuestas y escaleras; porque su corazón no tiene
capacidad
para acelerarse (taquicardia) cuando el cuerpo se lo exige con el
ejercicio.
Por ello no debemos
asustarnos de las
taquicardias. ¿Que son inoportunas? Vale, pero no
malignas. ¿Que son molestas? Bueno, depende de
cómo las interpretes. Más molesto es un dolor de
muelas y
no vamos corriendo a urgencias (si con un analgésico evito
al
dentista, mejor que mejor).
Las taquicardias no
son
peligrosas
porque tienen siempre un límite. Jamás el
corazón
va a latir hasta reventar. Nuestra naturaleza orgánica es
tremendamente sabia y existen unos reguladores fisiológicos
que
nos protegen. Nunca la taquicardia va a alcanzar una cota peligrosa,
porque antes los reguladores van a descender el ritmo cardiaco hasta
los límites permisibles y aceptables por el
corazón.
Propongo un
experimento
comprobatorio:
Coge una pesa de unos
5
Kg.
(también sirve un voluminoso diccionario) con una mano y
comienza a hacer flexiones del brazo (como los culturistas ejercitan el
bíceps). ¿10 veces... 20 veces...?
¿Crees que
podrías hacer flexiones hasta que el músculo
(bíceps) se rompiera?
¡¡Imposible!!
Efectivamente; antes
de
que eso
ocurriera, el propio músculo se protege (autorreguladores) y
pierde fuerza. Llegaría un momento en el que no
podrías
hacer una flexión más aunque quisieras.
El corazón
es, igualmente, un
músculo; y nunca va a latir más deprisa de lo que
simplemente pueda (dependiendo del entrenamiento y la capacidad de cada
uno). Jamás se va a autolesionar entrando en niveles
perjudiciales para su rendimiento. Antes de eso, sencillamente aminora
el ritmo él solito.
Debemos confiar en
nuestros sabios
reguladores musculares que, además, al ser
automáticos,
no tienen ni siquiera cerebro para enloquecer.
Si las taquicardias
consecuentes a la
ansiedad fueran dañinas para el corazón, el 70 %
de la
población estaría en la U.V.I. o en la tumba (y
el otro
30 % deberían ser cardiólogos y sepultureros para
compensar).
Obviamente estamos
hablando de un
corazón sano. Un caso de corazón enfermo y
delicado,
enfrentándose a un impacto psicológico real
(amenaza de
muerte, por ejemplo) sí puede verse afectado. La subida de
adrenalina en ese momento puede ser tremenda y provocar un shock
cardiaco en su debilitado corazón. Pero hablamos siempre de
un
corazón previamente enfermo (con antecedentes de isquemias,
infartos, etc.).
Tomemos como ejemplo
otro
órgano menos “peliagudo”, como el
estómago; y
supongamos una comida copiosa y muy condimentada. El
estómago
sano llevará una digestión pesada, lenta y
molesta; pero
nada más. En un estómago con úlcera,
posiblemente
exista el riesgo de un gran dolor y hasta de una posible hemorragia.
Es decir, y volviendo
a
la ansiedad
que es lo nuestro, es necesario que haya una enfermedad previa
importante para que la activación ansiosa exagerada
perjudique
al corazón. De no ser así, las Autoridades
Sanitarias
tendrían que advertirnos con sus mensajes-esquelas (al igual
que
el tabaco) a la entrada de parques de atracciones y proyecciones de
cine de terror.
¿Cómo puedo
evitar sentir los síntomas que me produce la ansiedad?
No se trata de que
ignores las
sensaciones; es muy difícil ignorar lo que realmente se
está sintiendo y más difícil evitarlo.
Los
síntomas de ansiedad son evidentes y están
ahí; no
son producto de tu imaginación.
Se trata de que los
interpretes de una forma más adecuada, sin alarmismos ni
tragedia añadida.
La intención
es romper el círculo vicioso que se establece con:
Ansiedad
>>
Síntomas de
ansiedad >> Miedo a los
síntomas >> Más
ansiedad >> Más
síntomas de
ansiedad...
Y
así eternamente autoalimentado.
Supongamos que sientes
una molestia
de garganta. Puedes pensar: “¡Vaya, qué
fastidio!
Hoy con faringitis y sin poder hablar”. Te
sentirás
frustrado, molesto, airado, etc. Pero no asustado.
O también
puedes pensar:
“¡¡Qué horror, esto es el
inicio de un
cáncer de laringe!!”. Y te sentirás,
consecuentemente, muy asustado.
El síntoma es
el mismo, pero
la interpretación (el pensamiento) muy distinta; lo que
condicionará tu respuesta.
Sentimos
según pensamos; y
actuamos según sentimos. Y es más
fácil cambiar
los pensamientos que las emociones; las cuales irán
cambiando
posteriormente en concordancia con aquellos.
¿La
medicación por si misma ayuda a curar la ansiedad?
La medicación
va a ayudar;
pero no se debe delegar toda la solución en la pastilla,
porque
eso va a restar confianza en uno mismo.
Por un lado, va a
favorecer el
“autoetiquetaje” como enfermo dependiente de un
fármaco, valorando el medicamento como el
oxígeno:
“indispensable para mi supervivencia”. Y por otro,
se va a
tender a atribuir muchos de los éxitos personales al efecto
del
medicamento; cuando, probablemente, también se
obtendrían
sin él.
La medicación
va a regular los
niveles de serotonina útil o el exceso de
activación
nerviosa, pero nada más. Los pensamientos, sentimientos y
actitudes son de la persona (no de la pastilla); y de ello va a
depender la calidad de vida.
Se debe valorar
siempre
el
tratamiento farmacológico de la ansiedad como una ayuda, una
herramienta más, pero no como un seguro de vida que cubra
todos
los percances.
Uno se podrá
comprar el pincel
más caro y las mejores pinturas del mercado; pero, si no se
tienen habilidades artísticas, aprendizaje y entrenamiento,
no
se va a pintar un buen cuadro por el mero hecho de poseer las
herramientas óptimas.
¿El llanto es una
descarga de ansiedad o está relacionado con la
depresión?
Ciertamente, el llanto
es una descarga para la ansiedad. La ansiedad
“ahoga” y el llanto “desahoga”.
Debemos quitar esa
etiqueta
educacional que, habitualmente, nos ponen al llanto: “Llorar
es
ridículo... Sólo lloran los
débiles.... Los
hombres no lloran... Si lloro es que estoy triste... etc.”
Llorar es sano e
indicativo de que
posees unos sentimientos humanos y sensibilidad en tu persona (que no
sensiblería ni ñoñería).
No tiene por
qué estar
relacionado con la depresión; y la prueba es que te sientes
muy
bien tras el llanto. Lo único es que habrá gente
que no
lo entienda (es su problema) y tendrás que buscar el momento
y
la intimidad para la descarga.
Debe interpretarse de
manera positiva: “Siento, luego estoy vivo y mis afectos
están en forma”.
Bastante nos reprime
la
sociedad en
muchas cosas como para que, encima, reprimamos nosotros los propios
sentimientos. Así que... a llorar, que es muy sano.
¿La ansiedad es una
enfermedad para toda la vida?
¿Quién
nos asegura que tenemos los lóbulos cerebrales normales?
¿Quién
determina cuál es la tasa ideal de serotonina y
demás neurotransmisores?
Obviamente, hay unos
mínimos y
máximos aceptables, pero como la estatura: Menos de 150 cms.
se
es enano y más de 220, se es gigante; pero entre ambos
parámetros hay 70 posibilidades centrimétricas y
700
milimétricas aceptables.
Además hay
que confiar en la
organoplastia cerebral. Es decir, que el cerebro y todas sus redes
neuronales están en constante proceso de
reestructuración
y adaptación; compensando deficiencias en todas sus
latitudes.
Estos cambios se
pueden
forzar
químicamente (con la medicación); pero
también con
la conducta y la cognición, por puro entrenamiento, como la
musculatura. Y no digamos, si se emplean ambos métodos de
una
forma integral.
No es saludable, por
tanto, asumir
los trastornos de ansiedad como “cojeras” para toda
la
vida. Esa postura lleva más hacia la resignación
que
hacia el dominio y la confianza.
¿Nuestras
experiencias
emocionales responden a la química?
Pues sí,
resulta que somos
pura química (y física). Todas nuestras
experiencias
emocionales responden a reacciones químicas y
fisiológicas del organismo.
¿Cómo
sabemos, si no, que estamos ansiosos, preocupados, tristes, alegres,
etc.?
Porque tenemos
sensaciones
fisiológicas: taquicardias, sudores, escalofríos,
tiritonas, encogimiento de estómago o nudo en la garganta.
Cuando nada de eso sentimos, interpretamos que todo va en orden. Cuando
lo sentimos con toda intensidad, interpretamos que algo malo pasa y hay
que ponerse en guardia.
Es más,
parece ser que incluso
los pensamientos son reacciones químicas en la
intercomunicación neuronal. Hay experimentos con ratas de
laboratorio que demuestran cambios estructurales en su cerebro tras
haber recibido un simple adiestramiento; como por ejemplo aprender a
recorrer un laberinto. Sin intervención química
alguna al
respecto.
Sofisticados aparatos
de
medición que objetivan la función cerebral humana
demuestran cambios ante diversos estados emocionales y ante simples
pensamientos (imaginando, recordando, creando, etc.).
Una droga (sustancia
química)
puede provocar alucinaciones (imágenes) y delirios
(pensamientos). Un neuroléptico (sustancia
química
antipsicótica ) los elimina. La química
actúa en
(y es responsable de) los procesos mentales.
Parece que, con todo
ello,
deberíamos cuestionarnos la dualidad cartesiana
mente-cuerpo, o
alma-cuerpo para otros, y concebirnos como un todo interrelacionado e
indivisible; donde la mente actúa sobre el cuerpo y
éste
sobre aquella, buscando constantemente el equilibrio ansiado (no
ansioso).
Tal vez no haya tantas
fronteras
entre lo espiritual y lo corporal y nuestras dudas y elucubraciones no
sean más que las burbujas de una reacción
química
efervescente.
¿Por qué
cuando sufro ansiedad me duele la espalda?
Determinadas regiones
musculares,
especialmente de los músculos dorsales: espalda, hombros,
base
del cuello y posteriores de los brazos, suelen ser los territorios
propicios a contracturarse cuando hay ansiedad.
Estos son los
músculos
de “estar en guardia”; los que pone en
tensión un
boxeador a la defensiva o antes de atacar (los músculos
dorsales
son los que extienden los brazos bruscamente al golpear o sujetar algo
que se nos venga encima); es una preparación, en definitiva,
para la lucha o la defensa.
El problema es que en
la
ansiedad sin
causa concreta no hay un objeto externo, una amenaza real y objetiva,
al que enfrentarse y golpear; y la tensión queda retenida y
mantenida.
Cuando esta
situación se
mantiene durante un tiempo prolongado, llega a molestar; produciendo
dolores en la zona contraída.
¿Puedo sentir mareos
por culpa de la ansiedad?
Cuando estamos
ansiosos
tiene lugar
una contractura muscular que, con frecuencia, afecta a los
músculos del cuello y hombros. Y por esa zona pasan arterias
que
riegan el cerebro. La contractura las presiona un poco, provocando una
cierta disminución (nunca interrupción) del flujo
arterial que circula por el cuello. Eso es responsable de la
sensación de mareo e inestabilidad.
Insisto, nunca es
peligroso porque
tiene un límite; jamás la contractura llega a
interrumpir
el flujo sanguíneo cerebral a niveles preocupantes. Mucho
antes
hay unos mecanismos autorreguladores que detienen la
situación
cuando llega menos sangre al cerebro. Siempre llegará la
suficiente, pero se nota el déficit de presión
arterial.
Por ello, no debemos asustarnos; es fastidioso o molesto, pero no
preocupante.
¿La
relajación puede aliviar los dolores de espalda en la
ansiedad?
No solamente los
dolores
(consecuentes con la contractura muscular) sino también
otros
síntomas igualmente desagradables.
Cuando se practica una
relajación se “trabaja” principalmente
la
contractura muscular y la respiración; las dos
únicas
funciones físicas de la ansiedad que se pueden manejar
voluntariamente y de manera relativamente sencilla. Las otras (ritmo
cardiaco, sudoración, alteración digestiva,
etc.),
también se podría; pero exige un mayor
entrenamiento.
La intención
de las
técnicas de relajación es
“desconcertar” al
cerebro instintivo en su automatismo ansioso; al devolverle un
“feed-back” (retroalimentación) de
signos de relax
contrario al de la ansiedad.
Sería como
decirle al aparato
emocional en su idioma: “calma, no pasa nada; como ves, estoy
relajado”. Con lo cual, comienza a desconectar la alarma y
desactivar funciones innecesarias.
¿A qué se
deben las somatizaciones en la ansiedad?
Algunas somatizaciones
de la
ansiedad, como por ejemplo las circulatorias o digestivas, se deben a
una sobreactivación del sistema neurovegetativo.
El sistema
neurovegetativo
(también llamado autónomo) es una parte del
sistema
nervioso especializado en el control de funciones
automáticas,
generalmente viscerales. Es decir, que funcionan por sí
mismas y
sin el control de la voluntad. Funcionan aunque estemos dormidos o
inconscientes (digestiones, circulación de la sangre,
función de los riñones, etc.). A diferencia, por
ejemplo,
de los músculos, que podemos moverlos a nuestro antojo.
Voluntariamente no se
pueden manejar
de forma directa. No puedo dar una orden al corazón para que
lata más despacio o al estómago para que se
vacíe
y deje de encogerse; como haríamos con un brazo o una
pierna.
A veces, estas
somatizaciones
neurovegetativas son tan intensas y molestas que requieren un
tratamiento farmacológico específico. Hay que
consultarlo
con el médico, quien dará información
al respecto
y actuará en consecuencia. Cada persona es un caso peculiar
y
requiere un tratamiento particular.
¿La
psicoeducación es importante en el tratamiento de la
ansiedad?
La
psicoeducación consiste en
educar al paciente en el conocimiento de sus males; y es algo esencial
en el abordaje terapéutico. Si conoces al enemigo (con sus
fantasmadas y señuelos), más posibilidades tienes
de
vencerle.
Cuando alguien conoce
y
ve una
lógica en aquellos síntomas que siente, comienza
a
perderles miedo y los afronta con mayor objetividad.
Desgraciadamente, es
algo que nunca se hace en la Medicina Pública, cuando se le
dedican diez minutos al paciente.
¿Para que sirven los
antidepresivos que me han recetado para la ansiedad?
Sería un
tanto
problemático dar en este apartado una clase de
farmacología. En resumen te diría que los
ansiolíticos clásicos actúan
básicamente a
nivel de un neurotransmisor responsable de la
ansiedad/sedación,
el ácido gammaaminobutírico (vaya nombrecito).
Pero estudios
más recientes
han descubierto otros mecanismos de la ansiedad regulados
también por otro neurotransmisor, la serotonina (ese suena
más ¿no?). Pues bien, ahí es donde
actúan
los antidepresivos más modernos (inhibidores de la
recaptación de serotonina).
La tendencia actual es
tratar la
ansiedad también con este tipo de antidepresivos; aunque no
se
padezca depresión. Evitando así el efecto
indeseable de
los ansiolíticos (flojera, somnolencia, torpeza, etc.)
cuando se
tienen que utilizar a dosis altas.
El efecto sobre la
ansiedad no es tan inmediato como con los ansiolíticos, pero
funcionan muy bien a medio-largo plazo.
¿Qué es la
Desensibilización Sistemática?
La
Desensibilización Sistemática (imaginaria o en
vivo) es un poco complicada de explicar en pocas palabras.
Se trata de establecer
con el
paciente una jerarquía de dificultad ante el afrontamiento
de
una situación temida; y, mediante la relajación
entrenada
y conseguida, se tiene que imaginar esa situación
escalonadamente en la jerarquía e irla contrarrestando con
la
relajación progresivamente. Luego hay que pasarlo a la
práctica en vivo y en directo.
Es una
técnica que debe estar
dirigida por el psicoterapeuta para controlar que se dan los pasos
adecuadamente y ganando terreno. Además, dicha
jerarquía
de dificultad es muy peculiar y propia de cada persona, por lo que no
hay una estructuración universal que sirva para todos.
¿Cómo
funcionan los psicofármacos en el tratamiento de la ansiedad?
Partimos de la base de
que en nuestro
cerebro más primitivo (áreas
centroencefálicas)
existen unos mecanismos de alarma que activan el sistema nervioso ante
situaciones de amenaza o peligro. Es un instinto de
conservación
que todos tenemos programado para mantener la supervivencia (y pobre
del que no lo tenga o no le funcione).
A veces (las menos),
está un
tanto mal configurado de nacimiento y se dispara sin motivo,
ocasionalmente. Son algunas formas de “ataque de
pánico”, generalmente constitucional y
hereditario, donde
el fármaco trata de compensar las deficiencias.
Otras veces (la
mayoría de
ellas), este sistema de alarma está sensibilizado. Es decir,
por
haberse disparado muchas veces está más sensible
de lo
habitual y tiende a hacerlo con más frecuencia. Esto
determina
un nivel de preocupación (no pocas veces obsesiva) que lleva
a
exagerar el estado de alarma y provocar nuevos
“chispazos”.
Se cierra así un círculo vicioso que encadena los
ataques
y mantiene entre ellos un estado de alerta (ansiedad generalizada).
¿Y
qué pinta ahí el psicofármaco?
Unos, los
ansiolíticos o
tranquilizantes, sedan las conexiones neuronales y actúan
como
una tapadera para que no salga la ansiedad; como un filtro o un
anestésico que atenúa la descarga.
Otros, los
antidepresivos (sobre todo
los más modernos) actúan a través de
la
serotonina, un neurotransmisor también de gran protagonismo
en
los sistemas de alarma, regulando su utilización. Van
más
a la génesis de la alarma que a su contención (lo
que
haría un tranquilizante). Por eso son mucho más
lentos en
la acción y no se nota el efecto inmediatamente como con un
ansiolítico.
Pero partiendo de la
base de que en
la mayoría de los casos no existe una deficiencia
genética, hay que valorar los componentes
psicológicos
que mantienen el estado de alarma (ansiedad >>
miedo a la
ansiedad >> más ansiedad).
De ahí la
gran importancia que
tiene la psicoterapia en este sentido y en el manejo de los
pensamientos, las emociones y las actitudes (cosa que no modula tanto
la medicación).
Por eso, como se ha
dicho
aquí, lo ideal es el tratamiento combinado
(psicofármaco
+ psicoterapia); estableciendo las mínimas dosis eficaces
para
controlar los excesos de ansiedad; pero complementando con una labor de
encaje y afrontamiento del problema para que baje la alarma y se
refuerce la seguridad en uno mismo.
Un deportista que
perdiera sus
niveles de vitaminas, quedaría exhausto y sin fuerzas. Su
reposición de vitaminas volvería a ponerle en
forma. Pero
de nada servirían grandes dosis de vitaminas si
detrás de
ello no hay un entrenamiento y un trabajo que fortalezca sus
músculos y sus habilidades para el deporte.
¿Para los
ansiolíticos es necesaria la receta médica?
Así es, para
cualquier ansiolítico habitualmente
van a pedirte receta en la farmacia.
Teóricamente,
debería
pedirse receta para todo medicamento, Pero se hace más
hincapié en los psicofármacos por su influencia
en los
niveles de conciencia y el peligro que supone una inadecuada
administración. Los tratamientos farmacológicos
deben
llevar un control médico y evitar, así, la
automedicación o el uso inoportuno.
Cuando la ansiedad ya
no
es tan
fuerte o tan frecuente, puede llegar a atenuarse con sustancias de
herbolario, tipo “valeriana” o
“pasiflora”, que
no requieren receta. A lo mejor hay que tomar dosis altas, pero son
bastante inofensivas.
¿Por qué una
vez pasada la crisis de ansiedad me he puesto a llorar
desconsoladamente?
Nuestro cerebro es una
especie de trastero o desván donde almacenamos de todo.
Las personas
metódicas,
controladitas y muy equilibradas (más robóticas
que
humanas) tienen todos sus “trastos” ordenados: Lo
racional
en un sitio (prioritario); lo emocional, en otro (en la trastienda); lo
instintivo bien guardado (envuelto), lo impulsivo, bajo llave; etc.
El resto de personas
solemos tenerlo
bastante más revuelto: Pensamientos junto a emociones,
recuerdos
en el mismo cajón de los sentimientos, los miedos apoyados
junto
a la puerta, los sufrimientos colgando del techo, etc.
En este
común, habitual y
normal desorden es fácil que, cuando sacamos un
“trasto” a relucir, se nos caigan unos cuantos
más
que estaban sobre él apoyado.
¿No te ha
pasado nunca?
Intento sacar los adornos navideños y se me cae encima la
sillita de playa que compré hace dos veranos, el
“scalextric” de Julito que ya no funciona pero a lo
mejor
tiene arreglo, un zapato de montaña sin pareja y una caja
precintada que sabe Dios lo que tiene dentro.
Pues algo similar
ocurre
en nuestro
cerebro. Cuando tenemos una experiencia emocional importante, a veces
se arrastran otras emociones que tenemos atrapadas y sin colocar. Se
descolocan, pero por sí mismas tienden a recolocarse
más
establemente; quizás en otro plano más
adaptativo.
Nos pueden sorprender
“recuerdos emocionales”, pequeños o
grandes traumas
enterrados en el subconsciente (o en el cerebro reptiliano de los
biologicistas) y que de pronto resuenan en nuestro interior. No pasa
nada, hay que dejar que lo que tiene que ocurrir ocurra. Se ha
caído un “trasto” al sacar otro y ha
rodado dos
estantes más abajo. Bueno ahí se queda o de
ahí ya
no pasa. A lo mejor está más estable en esa nueva
posición.
Por eso te
sorprendiste
llorando, de
pronto, sin aparente motivo y cuando ya había pasado la
crisis
de ansiedad. En ese momento estabas recolocando alguno de tus
“trastos” que se había movido con la
experiencia.
Son autoajustes beneficiosos que no deben asustarte y ni siquiera
preocuparte.
¿Por
qué pienso que todo va a salir mal en mi embarazo por culpa
de
la ansiedad? ¿Y qué va a ser de mi futuro hijo
con una
madre ansiosa?
Esas cosas terribles
que
piensas se llaman “anticipaciones
catastróficas”.
Consisten en
planteamientos negativos
y pesimistas sobre un futuro incierto. Cuando, realmente, nadie sabe a
ciencia cierta lo que va a ocurrir en el futuro.
Lo primero que debe
calmarte es saber
que, durante el embarazo, el cuerpo de la mujer produce una especie de
endorfinas; como unas drogas naturales que tranquilizan y suplen a los
ansiolíticos artificiales. La Naturaleza es muy sabia y
protege
la perpetuidad de las especies.
Lo segundo es que la
ansiedad, cuando
hay un motivo real y objetivo que la provoca, se descarga precisamente
al enfrentarnos a él (se consume y agota).
Por tanto, si alguna
vez
(que no
tiene que ser tan probable como anticipas) tuvieras que ir corriendo al
médico con tu hijo, o tuvieras que protegerle de
algún
mal, esa ansiedad se transformaría en energía
para
hacerlo o para buscar la ayuda necesaria.
Por otro lado,
precisamente por haber
tenido ansiedad muchas veces, ya la conoces y debería
asustarte
menos. De todas tus crisis has salido y ahí
estás;
temerosa y esperando la próxima, eso sí. Pero
deberías añadir que confiada porque nunca te ha
aniquilado ni podido contigo.
Si decides tener un
hijo
(y es el
primero) ten por seguro que cambiará tu vida. Pero
¿por
qué para peor? Sencillamente es un capítulo nuevo
y creo
que debes cerrar los anteriores para darle paso.
Confía en tus
capacidades; sin duda eres más fuerte de lo que crees.
¿La
medicación para la ansiedad cambia la personalidad? Creo que
desde que tomo tranquilizantes soy distinto.
Yo, sinceramente,
pienso
que la
medicación no cambia la personalidad. Salvo,
lógicamente,
la personalidad enferma y, aún así, con sus
limitaciones.
Pero éste no es el caso de la ansiedad y las depresiones que
habitualmente vemos.
Sí es cierto
que se notan
cambios cuando se está tomando una medicación
ansiolítica; pero porque se están eliminando una
serie de
síntomas que antes distorsionaban la actitud ante la vida.
Pero
uno sigue siendo el mismo, con sus principios, ideología y
forma
de ser.
Cambia el estado, no
la
esencia (yo estoy tranquilo o yo estoy nervioso; pero sigo siendo yo).
Te puede parecer que
eres más
frío y distante o te importan menos las cosas; pero porque
lo
comparas con un estado emocional previo más sensible y, a
veces,
exagerado. Pero lo que antes te importaba, te sigue importando igual;
lo que ocurre es que te perturba menos (lo cuál no quiere
decir
pasotismo).
Hay un estado
intermedio
entre la
ansiedad desmesurada y desagradable y la frialdad absoluta y distante.
Precisamente esa entereza (que no indiferencia) te puede ayudar a ver
los problemas con más equilibrio y descubrir las soluciones
más adecuadas.
¿Qué es la
serotonina?
Es un neurotransmisor
que tiene que
ver con la ansiedad y la depresión, entre otras emociones.
No es
el único, pero sería muy complejo disertar sobre
este
tema.
Por eso son
útiles, en el
tratamiento farmacológico de la ansiedad, los nuevos
antidepresivos inhibidores de la recaptación de serotonina;
que
modulan la respuesta de ansiedad aunque no haya depresión.
En el tratamiento de
la ansiedad,
¿es efectivo el psicoanálisis que utilizo o
debería cambiar a otro?
Uno de los problemas
que
tiene el
Psicoanálisis es su eterna prolongación en el
tiempo; que
sumado a la frecuencia de sesiones, supone un coste considerable y
difícil de sobrellevar.
Científicamente
está
comprobado que una psicoterapia de orientación
Cognitivo-Conductual es más eficiente en el tratamiento de
la
ansiedad, los miedos y las fobias (entre otros muchos trastornos
más) que el Psicoanálisis.
Yo valoro
éste muy bien como
estudio personal (“voy a conocerme mejor e investigar sobre
mí mismo para arreglar mi interior”); pero no como
ayuda
en momentos de crisis. Es decir, me parece más una
filosofía (muy interesante, eso sí) que va
actuando a
largo plazo, pero no tanto un arma terapéutica que me sirva
en
una situación crítica. Tiene principios muy
válidos, pero en cambio tiene otros un poco anclados y
obsoletos. Los buenos psicoanalistas están realizando una
suavización más realista de esa ortodoxia.
El haber pasado por
una
intervención psicoanalítica no va a interferir
con que
adoptes otra orientación ahora; puedes descubrir nuevas
perspectivas que te ayudarán mucho sin duda.
Cuando tengo un
problema me siento
fatal, ¿eso significa que soy un ansioso?
El mundo no es un
“mar de rosas” y, a veces, las circunstancias son
desgracias reales, no imaginarias.
Pero yo
preguntaría: ¿lo que siento, entonces, es
ansiedad?
Tal vez, por
costumbre,
llamamos
ansiedad a toda emoción desagradable; y no es
así. Puedo
sentir pena, dolor, lástima, miedo, frustración,
rabia,
ira, coraje, etc.
Clásicamente
se ha definido la
ansiedad como “miedo sin objeto”; luego, si hay
“objeto” (causa), ya no es ansiedad, es temor o
miedo.
¿Que se
manifiesta de forma
parecida? Es posible. Pero ya no la vivo interiorizada como una
angustia que forma parte de mí. Hay un motivo al que
culpabilizo
de mis males. No es lo mismo, es algo reactivo.
Se podría
escribir un
diccionario de emociones y que habitualmente no usamos. Acostumbramos a
decir: estoy bien o estoy mal; y eso es muy genérico. Yo veo
esencial que le demos un nombre a la emoción sentida;
precisamente para que no nos despiste en otras direcciones incorrectas.
¿Por qué en
situaciones críticas reales desaparece la ansiedad?
Sorprendentemente, en
situaciones críticas o de emergencia,
o sea, cuando hay que reaccionar, desaparece la ansiedad.
Lógico, la
ansiedad es una
forma de energía muy útil cuando hay que
enfrentarse a
algo. En esos casos se utiliza y se descarga.
Cuando nos enfrentamos
a
algo exterior, nuestras fuerzas están en paralelo y a
nuestro favor, no en contra.
Si triunfamos en la
lucha...
satisfacción. Si perdemos o fracasamos...
frustración y
desolación. Otras emociones, pero no son ansiedad. Esa
energía-ansiedad, en ese caso, cumple su función
adaptativa.
¿Se sale de una
crisis
de ansiedad?
Ten por seguro que de
“eso” se sale; aunque la cuesta sea muy
empinada a veces.
¿Que hay
recurrencias?
Probablemente; pero también suponen experiencias sobre las
que
debemos reflexionar, y eso trae consigo un entrenamiento. Al menos,
sabremos que la crisis de ansiedad no es mortal ni dañina,
como
solemos creer en las primeras; y por tanto, menos temerosa.
Cada vez que nos
parece
pasar por el
mismo trance, debemos fijarnos en eso: se parece, pero no es lo
mismo. Yo lo comparo con las vueltas de una escalera de caracol o un
tornillo; pasan por el mismo sitio, pero a un nivel más
alto.
Siempre hay un avance y debemos resaltarlo para seguir motivados en el
progreso.
Si nos fijamos en la
gráfica
del balance económico de una empresa, veremos una
línea
quebrada, con altibajos. Pero lo que cuenta es la línea
recta
media y si es ascendente.
No podemos fijar la
atención
sólo en los picos descendentes; eso desmotiva a cualquiera,
porque sólo percibimos las pérdidas. Hay que ser
equitativo; el libro de ingresos también cuenta, no
sólo
el de gastos. Cuando se supera un trance, no tienes por qué
ser
la persona de antes, sino otra más fuerte y más
sabia por
tus experiencias. Y el futuro déjaselo a los
futurólogos
y adivinos para que sigan elucubrando; de algo tienen que vivir.
¿El estrés
puede producir depresión?
Las situaciones de
estrés
mantenidas, al cabo de un tiempo relativo, acaban produciendo
depresiones. Pero no sólo por la frustración que
produce
la impotencia y el soporte diario de la ansiedad; sino por
afectación biológica.
Cuando hay un estado
de
alerta, se
segrega en el organismo una gran cantidad de cortisol. Esto es una
sustancia química propia, cuya misión ancestral
sería su efecto antiinflamatorio y protector frente a las
heridas. Es de suponer que nuestros antepasados estaban en estado de
alerta cuando iban a luchar o eran atacados; y consecuentemente
habría heridas (y entonces carecían de
médicos y
hospitales).
Lo mismo que tiene
lugar
una
vasoconstricción periférica (estrechamiento de
las
arterias que riegan las zonas más alejadas del
corazón
para prevenir hemorragias en dichas heridas); de ahí la
palidez
del rostro y las manos y pies fríos cuando hay ansiedad.
Pues bien; el cortisol
antes
mencionado, cuando pulula por el sistema nervioso sin sentido y sin
objeto (puesto que no hay tales heridas) acaba destruyendo algunas
neuronas del hipocampo (área situada en la parte interna del
cerebro) y esto provoca depresión al hacer que todo el
entramado
de la zona funcione más despacio y a trompicones. Es un
área delicada donde se modulan emociones y sentimientos.
Cuando se llega a este
punto, da lo
mismo la causa ambiental que nos llevó al estrés;
el
sistema no responde por deterioro en sus circuitos y funciona de forma
deprimida.
Afortunadamente, el
organismo tiene
una asombrosa capacidad regenerativa y, se supone, que al eliminar el
estrés (medicación, cambio de vida, psicoterapia
que
cambie la actitud e interpretación de los acontecimientos,
etc.)
las cosas tienden a reconstruirse y equilibrarse.
Pero esto a veces no
es
tan sencillo
o lleva su tiempo. Y ahí está la
misión del
medicamento: favorecer esta reconstrucción y
“desatascar” los circuitos.
Por ello, actualmente
se
tiende a
tratar la ansiedad con antidepresivos; porque actúan en
estos
lugares aunque, de momento, no haya depresión.
Los tratamientos
farmacológicos no son sólo
“negocios” de la
Medicina y los laboratorios; sino que tienen un fundamento.
La ropa (por poner un
ejemplo) es un gran negocio para la industria textil; pero,
indudablemente, nos protege del frío.
Últimamente no hago
lo
que debería hacer y eso me produce ansiedad.
Un aspecto que creo
que
está
influyendo en este tema es el educativo. Todo ese conjunto de
mensajitos que arrastramos desde la infancia y procedente de
progenitores, educadores y profesores: “Tienes que
estudiar...
tienes que trabajar... tienes que ser de provecho... tienes que
cumplir... tienes que... tienes que...”.
Y el único
“tienes
que” válido es que tienes que ser persona y, a ser
posible, equilibrado y feliz contigo mismo.
Luego, como persona,
podrás
ser lo que te dé la gana o lo que te permitan ser. Pero tu
identidad y tu interior son tuyos y nadie tiene derecho a
cuestionarlos.
Cuando,
teóricamente, no
estamos haciendo nada, es falso. No estamos haciendo nada que se ajusta
a los “mensajitos”; pero estamos respondiendo a
nuestra
necesidad interior.
De vez en cuando, el
cuerpo nos pide
calma y no actividad; porque necesita autoequilibrarse un poco. Pues
dejémosle que lo haga. No pasa nada y a nadie se perjudica
con
ello.
Si lo importante,
esencial y urgente
está hecho, lo demás es secundario. Pero
¡ojo!
Algunos consideran importante, esencial y urgente todo; y
ahí
está el error. Todo, menos yo mismo.
Debemos aprender a
calificar los deberes; como si fueran notas de un examen:
Esto vale 9, esto 6,
esto 1, esto...
etc. Lo que vale 8 ó 9 es importante (pongamos los 10
sólo para los casos de vida o muerte). Lo demás
va
perdiendo importancia; y si no lo hacemos hoy, lo podemos dejar para
mañana o pasado mañana.
Y no ocurre nada; ni
se
hunde el mundo, ni se muere nadie, ni voy a la cárcel por no
hacerlo.
Habitualmente, el
encuentro con uno
mismo lo calificamos con 1 o incluso con 0.Craso error; porque ese yo
interior se rebela y protesta (con razón). Y su forma de
protestar es la ansiedad, la depresión, las molestias
psicosomáticas, etc.
Me aterra pasar por
una crisis de
ansiedad nuevamente, creo que acabará conmigo.
Debo
insistir en que
la
ansiedad no nos debe asustar; puesto que el susto genera más
ansiedad y, por tanto, la mantiene.
Ansiedad
es
activación del
sistema nervioso, no destrucción ni deterioro del mismo. En
las
personas ansiosas, el sistema nervioso no está enfermo, sino
sensibilizado por exceso de uso.
La
ansiedad siempre
tiene un límite, el que cada organismo puede soportar, no
más.
¿Cuánta
distancia
podría uno correr hasta el agotamiento? Depende de la
preparación y resistencia de cada uno. Pero, indudablemente,
nadie rompería sus músculos corriendo. Antes
viene el
cansancio y el agotamiento que pararía su funcionamiento. Y
posteriormente, una vez descansado, otra vez puede ponerse en marcha.
Pues
igual ocurre con
la
ansiedad. Es
un sistema de alarma natural (no patológico) que, cuando no
tiene sentido o carece de objeto, se desconecta por sí
mismo. Si
sigue conectado es porque seguimos “alarmados” con
mensajes
internos catastrofistas sobre los propios síntomas de la
ansiedad.
Taquicardias,
sudores,
mareos,
nauseas, hiperventilación, sofocos, etc. son manifestaciones
desagradables, pero nunca peligrosas. Como decimos coloquialmente,
“es más el ruido que las nueces”.
Y
debemos, primero,
acostumbrarnos a sentirlas y reconocerlas como habituales. Son las de
siempre.
Como
el que tiene
jaqueca;
estará fastidiado cuando viene la crisis, pero no asustado,
ni
va corriendo a hacerse un escáner cada vez que le duele la
cabeza. Ya sabe lo que es, sabe que no encierra peligro y se fastidia
(o se toma un analgésico); pero no se asusta.
Ese
es el primer paso.
Con ello
(control del susto) acortamos las crisis de ansiedad y vamos
desensibilizando (enfriando los circuitos) nuestro sistema de alarma;
con lo que cada vez reducimos las posibilidades de que vuelva a
dispararse o atenuamos su intensidad.
Confiemos
en nuestro
organismo; tenemos más capacidad de autoajuste de la que
creemos.
¿El dolor de cabeza
se
puede deber a la ansiedad?
Los
dolores de cabeza
son muy variopintos y, a veces, peculiares de cada persona.
Hay
varios tipos:
migrañas, jaquecas, cefaleas, etc.; según
áreas afectadas y formas de manifestarse.
Generalmente,
el dolor
es producido
por una vasodilatación (ensanchamiento) de las arterias
cerebrales. Las arterias circulan por la parte exterior del cerebro,
entre éste y el hueso craneal que lo recubre. Por eso,
cuando se
dilatan, al no haber espacio de expansión (el
cráneo es
duro y rígido), comprimen las meninges (membranas que
envuelven
el cerebro) donde hay centros dolorosos.
Las
migrañas
y jaquecas tienen
mucho de genético y constitucional. Es habitual que haya
varias
personas en la familia que las padezcan.
Las
crisis de dolor,
lo
mismo que vienen, se van; y normalmente no es más que eso:
lo molesto de aguantarlas.
Las
situaciones de
estrés,
cansancio mental, falta de sueño y algunos alimentos las
disparan con frecuencia en personas predispuestas a ellas.
En
las crisis de
ansiedad o en las
situaciones de estrés tienen lugar variaciones
rápidas de
la tensión arterial; lo que provoca dilataciones y
contracturas
reflejas de las arterias que traen consigo la jaqueca posterior.
Tengo
confusión entre los términos
adicción y
dependencia, y no sé si las pastillas que estoy tomando para
la
ansiedad pueden crearme alguna de ellas. ¿Son lo mismo?
Una
cosa es la ADICCIÓN:
Una
sustancia crea
adicción,
cuando requiere cada vez una dosis mayor para conseguir el mismo
efecto. Como ocurre con la heroína, la morfina y otras
drogas,
generalmente llamadas “de abuso”. Debido a ello, se
llegan
a alcanzar dosis tóxicas para el organismo.
Eso
no suele ocurrir
con
las
benzodiacepinas, que pierden poco efecto con el acostumbramiento.
Conozco a bastantes personas que toman dos o tres pastillas durante
años y años sin haber tenido que subir la dosis.
Con eso,
le bastaba para cubrir sus excesos de ansiedad.
Los
toxicómanos, acostumbrados
a drogas mayores, sí tienden a hacerse adictos a ellas,
porque no
buscan (no les basta) la relajación que producen. Buscan
estar
dopados (colocados) y las utilizan como sucedáneo de su
droga habitual,
por lo que toman dosis exageradas. Conocí a una chica que
tomaba con ese fin una caja diaria (30 pastillas) de una
benzodiacepina. No buscaba estar tranquila, sino
prácticamente
anestesiada.
Otra
cosa es la DEPENDENCIA:
Una
sustancia crea
dependencia cuando
su retirada provoca un síndrome de abstinencia. Como por
ejemplo, el tabaco o el alcohol. La mayoría de fumadores o
bebedores mantienen una dosis constante diaria (de cigarros o de
copas).
Habitualmente,
el
consumo empieza
siendo progresivo; pero llegado a un punto, no tienen que subir
más la dosis; ni pueden tampoco bajarla o dejar su
consumo
sin sentir la deprivación. Sería una especie de
adicción constante, pero no creciente.
Este
fenómeno
de dependencia,
sí puede ocurrir con las benzodiacepinas. Pero
habría que
hacer sus matices: ¿dependencia o recidiva?
Me
explico:
Una
persona, por
sufrir
ansiedad,
toma durante un tiempo una benzodiacepina. Decide dejarla y, cuando la
retira, rebrota la ansiedad con todo su ímpetu. Suele
ocurrir
cuando se retira bruscamente tras mantener una dosis relativamente
alta.
En
el peor de los
casos,
estará una semana más o menos fastidiado, hasta
que la
abstinencia va cediendo y se le habrá pasado, todo lo
más, en doce o quince días.
Puede
llamarse
dependencia (relativa). Esto puede evitarse haciendo una retirada
gradual y progresivamente decreciente.
Y
¿qué es la RECIDIVA?
Es
un
fenómeno similar que
ocurre en la retirada de la benzodiacepina. Pero no tanto por la
abstinencia, sino porque la persona la sigue necesitando para controlar
su ansiedad. No es que la ansiedad venga por la retirada, sino porque
se sigue generando como antes de tomarla.
Por
ejemplo: si tengo
una jaqueca que
dura 12 horas y me tomo una aspirina, cuyo efecto analgésico
dura 3, al cabo de 3 horas vuelve a dolerme la cabeza.
¿Tengo,
por
eso, dependencia a la aspirina? No. Es que el dolor dura más
tiempo que su efecto.
¿Sería
adicto a la
insulina un diabético que se la pincha todos los
días?
No. Es que la necesita a diario para controlar sus niveles de glucosa.
Es
el problema que
surge
cuando se
trata la ansiedad exclusivamente con pastillas. Que el trastorno sigue
estando ahí, enmascarado por el ansiolítico. Y,
cuando se
quita la máscara, aparece nuevamente la cara que hay
detrás. Pero esa cara no la produce la máscara,
ya
existía antes y nos habíamos olvidado de ella.